Carta a mi fisioterapeuta: te odio

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En manos estamos de los druidas del S XXI

Carta a mi fisioterapeuta: te odio

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Por el Lunes, 25-01-2016 en

Hoy me voy a quitar la máscara. Te odio. Así, sin medias tintas. Desde lo más profundo de mi sobrecargada musculatura. Nunca tuve el valor de decírtelo a la cara. Seguramente por miedo a las represalias. Lo reconozco. Te tengo miedo. Tienes mucho más poder sobre mi del que pensaba. Del que pensabas. Hasta hoy he sido un mierda sin coraje para decirte la verdad. Un corredor temeroso.

Porque ejerces un extraño influjo de poder sobre mí. No alcanzo a entenderlo. Realmente es absurdo. Pagar a alguien, hombre o mujer, por hacerte llorar de dolor. Por hacer que odies cada musculo de tu cuerpo. Insisto, es absurdo. Por ese sucio dinero podría obtener sórdidos placeres en sórdidos lugares. Y sin embargo vuelvo a ti, como un boomerang. Como el tonto del pueblo. Es absurdo. 

La gente normal (o anormal, quien sabe) suele pagar para comprar el placer. Yo te pago por el dolor. Por el dolor a quemarropa. Por el dolor sin ropa que no es peor pero llega más directo a la piel. Por una absurda promesa. Al nivel de la de mis padres. “Estudia” te ira mejor, aseguraban. Solo era una promesa pero yo vuelvo a ti, siempre a ti. Por siempre a ti.

Porque esa absurda promesa de futuro apunta en una dirección idílica donde el cartero no entrega cartas, porque vas tú a recogerlas donde haga falta corriendo. Incluso a la casa del remitente. A un kilómetro. A cinco. A veinte. A cuarenta y dos. A ciento veinte. Cada uno pace donde quiere respecto al cartero. Porque eso indica SALUD. Así, con mayúsculas.

En la fe que todo dolor merecerá la pena. Y eso es una apuesta a fondo perdido. O a todo riesgo, quién sabe.  Porque si algo tiene de maravilloso el cuerpo humano aparte del sudor, las hormonas y el olor a sexo es que dos más dos nunca son cuatro. A veces sí, pero son las menos. Saber leer en cuerpo ajeno, tiene algo mágico. De herejía. No podéis negarlo, por más que lo neguéis.

Y tú, mi fisioterapeuta eres un asceta del dolor ajeno que ojea con interés las matemáticas de los demás porque sabes que dos más dos no siempre suman cuatro dependiendo del calado de tus dedos en la carne ajena. Y aprietas sin miedo en la confianza de un bien ajeno futuro sin garantía. Porque tú, él, sabéis ambos,que dos más dos no son cuatro cuando tendones, músculos, huesos y vísceras están por medio.

Y aquí es donde entra en juego lo visceral. Porque da pereza explicarle al peluquero como te tiene que cortar el pelo. Pues con tu fisioterapeuta pasa igual. Te conoce. Sabe cómo quieres el corte de pelo de tu anatomía. No es tu pareja pero conoce tus puntos débiles. Te tocará donde incluso tu pareja de años jamás te toco. Y siempre con la bandera del dolor. Y la promesa.

Y esa es la magia. En el siglo XV todos los fisioterapeutas habríais ardido en la hoguera por brujería. Creo que en pleno auge del siglo XXI lo sabéis. Rehabilitáis y sabéis leer cuerpos casi inertes, rozando la mortalidad deportiva para que cual Lázaro se levanten y no solo anden. Lográis que corran con un pacto con Dios sabe qué demonio que ampara vuestras brujerías. Y como corredores JAMÁS nos importara el medio. Solo el fin. CORRER. Y pagaremos cualquier precio.

Porque correr es el precio. O el premio. Somos corredores por delante de cualquier otra circunstancia. Y estamos dispuestos a pagar cualquier precio. Y tengo que decirte una cosa, querido/odiado fisioterapeuta. Tras quientas y pico palabras odiándote por cada segundo que hundiste tus lubricados dedos en mis piernas, sé, que si llego, si lo logro, será por tu brujería. Porque las ganas, las piernas  y el entrenamiento lo paga la casa. Pero sería imposible. Sin los druidas del corredor del siglo XXI sería imposible. Porque tanto tú como yo lo sabemos. Todos los corredores tenemos una meta que agradecer a esos herejes, a los druidas de la imposición de manos. Y al final tengo que confesar.

Si logré mi meta fue por mis cojones, por mis ganas, mi entrenamiento  y por la magia de los druidas del siglo XXI. Querido fisioterapeuta, te odio. Pero GRACIAS, PEQUEÑOS DRUIDAS!

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