Lo que aprendo cuando no puedo correr

Opinión
Lo que aprendo cuando no puedo correr-142351
Qué difícil es aceptar que en ocasiones la vida te enseña a golpes

Lo que aprendo cuando no puedo correr

Correr demuestra que el éxito no se mide por tus marcas sino por tu empeño, valentía y corazón.

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Por el Domingo, 06-01-2019 en

Unas décimas de segundo bastan para que todo cambie radicalmente, para que tus días queden congelados, para que tu tobillo se parta en dos. Una simple torcedura que provoca que todo se frene, que cada uno de tus objetivos se desvanezcan, que te toque volver a empezar de cero. Qué difícil es aceptar que en ocasiones la vida te enseña a golpes.

Una grave lesión que te hace sentir frágil, que es capaz de sacar tu mejor y peor versión. Que te exige confiar en tu perseverancia, luchar a diario contra tu mente y pone sobre el papel la posibilidad de que no vuelvas a correr. Un tropiezo que te hace mucho más agradecida, más humilde, más paciente.

Nuestra inmensa torpeza nos lleva a menudo a valorar las cosas cuando ya no las puedes hacer, cuando aparece la imposibilidad. Más de un año de recuperación sin poder correr me ha permitido reconocer lo mucho que el atletismo aporta en mi vida, aceptando que la ha transformado radicalmente.

Quien corre sabe que calzarse unas zapatillas es mucho más que dar zancadas, participar en carreras o colgarse un dorsal. Cientos de historias, de motivos, de circunstancias provocan que a diario millones de personas en todo el mundo salgan a correr.

Están los que buscan retos al alcance de pocos, los que quieren cambiar hábitos, los que corren por los que no pueden. Los que desean compartir momentos, los que lideran retos solidarios, los que salen en solitario a cazar sueños. Están los que quieren ayudar a otros a que sean mejores, los que cumplen promesas, los que corren en busca de motivos para sonreír.

Miles de razones con un mismo destino, la superación personal. Retos que te llevan a apostar a fuego por ti mismo, a comprometerte paso a paso, pase lo que pase. Fortaleciendo tu tenacidad, aprendiendo que las batallas se ganan con la práctica diaria, con la osadía, con el tesón.

Sacrificando horas de descanso, haciendo equilibrios para conciliar los entrenamientos con tu vida, robando horas al alba.

Una búsqueda de sensaciones que te hacen sentir diferente, que convierten los fracasos en aprendizajes, que llenan tu existencia de valores. Que te enseñan a disfrutar sin más de la soledad, a desafiar tus límites, a creer en tu determinación. Una rutina que te ayuda a encontrarte, a aceptar desafíos que te engrandecen, a no permitir regatear con tus ambiciones. Sin condiciones, creyendo en las utopías, deseando ser cada día un poquito mejor.

Un deporte que te demuestra que el éxito no se mide por tus marcas sino por tu empeño, valentía y corazón. Por las agallas que le pones cada vez que vuelves a intentarlo, por ser capaz de empequeñecer tus miedos creyendo que las grandes gestas se construyen a diario.

Qué complicado es describir todas las emociones que experimentas cuando cruzas el arco de meta, cuando sientes que has ganado gracias a tu coraje, tu amor propio, tu ahínco. Sin haber secundado a las ganas de lanzar la toalla cuando todo se balanceaba, alegrándote de las victorias de tus compañeros, sabiendo que te has convertido en el mejor ejemplo que tus hijos puedan tener.

Mucho más que correr, que dar zancadas, que colgarse una medalla.

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