Berlín ’13. Yo estuve ahí

Reportajes
Berlín ’13. Yo estuve ahí-13275
La crónica de un corredor popular que tomó parte en el maratón de los 2:03.23 de Wilson Kipsang

Berlín ’13. Yo estuve ahí

Una de las ventajas de los corredores populares es que podemos tomar parte de carreras históricas. Nuestro amigo Àlex Castells participó en la carrera donde se batió el récord del mundo. Y así nos lo cuenta.

Más sobre: 

Por el Miércoles, 09-10-2013 en

Ni lo vi. De hecho, mis piernas todavía andaban frescas, tras poco más de dos horas de trote, cuando él ya había dado sus últimos pasos hacia la gloria. En cierta manera, todos pudimos sentirnos partícipes de un momento histórico. Ni la ridícula aparición de un espontáneo restó heroismo a su proeza. Wilson Kipsang se había propuesto rebajar la última plusmarca de su paisano Patrick Makau, con apenas dos años de vigencia, y cumplió su palabra. En la zona de llegada, una pequeña pizarra blanca con algunos nombres y números confirmaba la gesta. “Men. Wilson Kipsang KEN 2:03:23 (WR)”

Ésta es la grandeza del Maratón de Berlín. Antes de Kipsang y Makau, fueron Gebrselassie o Paul Tergat. Los cinco últimos récords del mundo, de hecho, han caído en la capital alemana. Pero incluso para aquellos con registros más “mundanos” es un lujo poder compartir espacio y tiempo con estos “extraterrestres”, y saber que, un rato antes, ellos han abierto el mismo camino que te llevará a completar tu propio reto.

Son diversos los factores que convierten el Maratón de Berlín en el más rápido del planeta. El recorrido es tan plano que apenas hay un punto mínimamente elevado o una rampa suficientemente prolongada para tomar conciencia de la gran cantidad de participantes. En el diseño del itinerario, prima la velocidad al interés turístico. Algunos de los puntos más representativos de la ciudad son esquivados. La Catedral, el Checkpoint Charlie, East Side Gallery o, incluso, el Estadio Olímpico, por citar sólo algunos, no aparecen en la ruta. Amplias avenidas garantizan una carrera cómoda y sin riesgo de una inoportuna trabanqueta.

Es, además, una época ideal, justo al comienzo del otoño, con temperaturas frescas. En este 2013, ni frío ni calor... 15 grados de media, sin lluvia, apenas viento y un sol nada abrasador, más bien reconfortante. Otros factores más prosaicos avalan la constante pulverización de plusmarcas. Detrás del Maratón de Berlín hay el aval de dos espónsors solventes, BMW y Adidas. Al fin y al cabo, el esfuerzo de Kipsang tuvo su merecida recompensa: un buen botín de casi 100.000 euros por ganar y hacerlo, además, con récord.

Por segundo año consecutivo, la cifra de inscritos superó la barrera de los 40.000. Una buena manera de conmemorar el 40 aniversario de la prueba, pero también una gran marea difícil de gestionar. La feria del corredor está instalada en el antiguo aeropuerto de Templehof, a medio camino entre Schönefeld y el centro de la ciudad. Ahí es cuando realmente te das cuenta de la magnitud del evento. Los inmensos hangares que, durante los años de posguerra, dieron cobijo a las aeronaves del ejército estadounidense albergan ahora infinidad de expositores. Ropa técnica y calzado a diestro y siniestro, múltiples marcas de bebidas isotónicas y pulsómetros, propuestas de lo más exóticas como el maratón de Honolulu... Una larga travesía hasta llegar a los mostradores donde, por fin, recoger el dorsal. Y poco más. Porque en Berlín, si no la has encargado y pagado con antelación, no tienes camiseta. Para más inri, la camiseta oficial ya pronostica el desenlace de tu participación. La palabra “finisher” luce en el pecho, un mal presagio para los más supersticiosos, o incluso una provocación para los más precavidos. Al menos, la oferta lúdica en la misma feria del corredor, tanto para mayores como para pequeños, compensa el largo tiempo de espera.

Mucha paciencia se necesita también el día de la carrera. Este año, con el fantasma del atentado en Boston todavía presente, el acceso a la zona de salida, en pleno Tiergarten y frente a la imponente Columna de la Victoria, era restringido. Imprescindible enseñar la pulsera que te habían entregado al recoger tu dorsal. Igualmente, despistarse siempre ha sido un mal asunto. En mi caso, llegué al cajón de salida en el mismo momento en que arrancaba la primera oleada de corredores.

Una vez en marcha, las únicas aglomeraciones se forman en los puntos de avituallamiento. Demasiada gente para tan pocas mesas. Y, a partir del km 15, sólo en el lado derecho. Para colmo, el agua se servía en vasos de plástico y, con tanto empujón, sólo los más habilidosos salían indemnes... y con el vaso todavía lleno. Son, en definitiva, pequeños inconvenientes por formar parte de una carrera única. Y, sobre todo, si hay un tal Kipsang dispuesto a hacer un paso más hacia aquello que, años atrás, se antojaba imposible: correr un maratón en menos de dos horas. ¿Por qué no?

Relacionados: