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Club Running - lunes, 26-01-2015

Vivimos un maratón como la élite

Todo empezó el 30 de septiembre de 2014. Gracias a las redes sociales ocurrió en cuestión de un minuto. Un twitter de Isidro López desde la cuenta de @running_es retándome a correr la maratón de Tarragona fue el desencadenante: "Qué @RickyRun_ te animas a liarla en @MaratoTarragona???". Sin pensarlo demasiado acepté el reto al instante, un retweet a @Juanan_Runners de @RunninSolutions, el organizador de la prueba, y antes de que me diera cuenta ya estaba confirmado para los 42,195km del día 18 de enero de 2015. En running.es somos así, nos gusta vivir esto de correr con un dorsal en el pecho.

Con la ilusión de un niño, el sábado antes de la maratón llegué a Tarragona. Esa tarde estaba programada  una conferencia ante los runners presentes en la expo feria a la que fui invitado. Tuve la suerte de sentarme junto a atletas de la talla de Chema Martínez, María Vasco, Elías Domínguez, Jaume Leiva, Marc Roig, Camilo Santiago o David Posada. La verdad es que el trato exquisito que se nos dispensó durante todo el fin de semana a mí me hizo sentir como en los viejos tiempos, cuando era un corredor profesional. Esta experiencia, aparte de vivirla como el runner que soy ahora, tuve la suerte de compartirla con verdaderos mitos del atletismo. Siempre es interesante ver qué cosas hacen, cómo lo viven, qué piensan, cómo se sienten. Por ejemplo, el mediático Chema, que esa noche en la cena engulló como tres kilos de fruta mientras nos decía “No os sorprendáis esto lo hago siempre, tengo dos grandes vicios, la fruta y el café”. Se comió unos 3 plátanos, 4 naranjas, 5 mandarinas, no sé cuántas rodajas de melón y todo lo que pilló por el buffet catalogado como fruta. Tras haber amontonado cáscaras de todo tipo, se levantó y dijo “ahora empiezo a cenar” se cogió un plato de pasta y volvió a la mesa. Todo esto ante la mirada atónita y las bromas de todos los que estábamos allí presentes “los espaguetis que son, ¿el postre?” le dije. Está claro que esto porque lo haga él no quiere decir que a todos nos vaya a sentar bien, vamos, yo personalmente lo hago y me tienen que ingresar esa misma noche en el hospital para hacerme una lavativa.

También pude vivir de cerca la incertidumbre de si María Vasco, tras una semana en cama enferma, podría finalmente tomar parte en la salida de los 30km. Pero claro, hablamos de una medallista olímpica, toda una campeona que se había comprometido a correr y vaya si al final corrió, y ganó. Jaume Leiva también compartió con nosotros como había sido su calvario tras 500 días sin poder correr y las ganas que tenía de competir. Nos explicó que había hecho mucha bicicleta de carretera y que lo había disfrutado mucho. En una cena de corredores, lo normal es que la mayoría de las conversaciones versaran sobre ritmos, tácticas, entrenos… en fin, la salsa de esto que tanto nos gusta. A pesar del buen rollo existente, no tardamos mucho en irnos a dormir ya que al día siguiente había que darlo todo.

Y llegó el día. Tenía la alarma del móvil programada para las 6:00 a.m, aunque no esperé a que sonara. Unos minutos antes ya había encendido la luz. No podía dormir más, estaba ansioso por acabar con esto de una vez. Allí estaba yo, tumbado en la cama boca arriba, mirando al techo de una habitación del Hotel SB Ciutat de Tarragona, concretamente la número 238 (ojo con ese número porque, sin yo saberlo aún, llevaba un mensaje implícito). Con los ojos abiertos ya como platos, empecé a recordar cómo había empezado todo y pensé en los esfuerzos que había tenido que hacer para poder preparar este reto. Combinar vida laboral con entrenar no es fácil y menos si el hueco que encontraba en mi jornada para salir a correr es a las 2 de la tarde, cuando lo que más apetece es irse a comer. La espera de la última semana se había hecho larga, el miedo a lesionarse o a pillar un simple resfriado provoca mucha inquietud. Parece mentira, pero cuando has pensado tanto en una fecha da la impresión de que cuando llega no acabas de creerte que sea hoy.

Al fin di un brinco de la cama, me lavé la cara y me vestí. Aún restaban 3 horas para empezar a correr, el tiempo preciso para desayunar tranquilamente, digerirlo bien y despertar los biorritmos del cuerpo. Llegaba el momento de afrontar la gran duda que nos asalta a todos ¿qué desayunar antes de un Maratón? pues para mí tiene fácil respuesta: exactamente lo mismo que cada día. Cuantos menos experimentos hagamos, mejor. Bajé al comedor y me senté a la mesa con Chema Martínez, Camilo Santiago y Marc Roig, que hablaban de diversos temas recurrentes de la vida cotidiana, aún con la voz ronca y los ojos achinados de recién levantados.

Una vez desayunado, subí a cambiarme y preparar todo lo necesario para afrontar lo que me esperaba. Como si de un ritual se tratara, hice la cama y puse sobre ella todo lo que iba a necesitar. La camiseta con su dorsal bien colocado, pantalones, perneras, manguitos, guantes, geles… todo OK. A las 8 en punto quedamos todos en el hall del hotel e iniciamos la marcha hacia el puerto que estaba a unos 10 minutos caminando. Justo acababa de amanecer y el día parecía que se presentaba muy apacible. Estaríamos a unos 8 grados y el viento no soplaba demasiado. Apetecía correr.

Al llegar al Moll de Costa, lugar donde estaba ubicada la salida, teníamos una carpa donde dejar las cosas y cambiarnos para la carrera, no hay nada como ir con la élite. Yo apenas calenté, no porque no me diera tiempo sino por voluntad propia. 3 ó 4 minutos trotando suave para quitarme el frío y un par de rectas fueron suficientes para sentirme preparado. Vengo muy justo de forma y no creo que sea necesario exigirle a  la musculatura más metros de los que ya de por sí va a poder soportar. Tras las presentaciones, por fin empieza la marcha. Salida multitudinaria con 1600 corredores repartidos en 3 distancias 10k, 30k y la mía, la Maratón, que además era Campeonato de Catalunya. De hecho, mi objetivo para hoy no era la marca que pudiera hacer, sino obtener un buen puesto en ese campeonato. A pesar de que ya estoy en la categoría de veteranos, sabía que tenía opciones de subir al podio absoluto, lo cual me hacía especial ilusión.

Estaban en liza varios corredores foráneos, por tanto debía limitarme a controlar sólo a los catalanes para conseguir mi objetivo. La carrera de 10k provocó un ritmo frenético, que obviamente yo no seguí. Busqué mi cadencia, llevar una buena respiración y sentirme muy cómodo. Siguiendo estos parámetros, el primer kilómetro me salió en 3'27. Con ello me quedé un poco en tierra de nadie. Llevaba delante a unos 16 corredores de 10k, a 2 del 30 k y a dos rivales en Maratón, Elías Domínguez y Pedro Ortega, gallego y catalán respectivamente. Ellos eran mi referencia visual. De buen principio salieron con la intención de correr por debajo de 2h30. Yo a ese ritmo podía ir bien a nivel de cardio y respiración, pero era consciente que muscularmente no estaba preparado. No si sólo había tenido una rutina de entreno de 5 días a la semana, en los que apenas acumulaba 70km, durante los últimos 3 meses. Y es que iba a hacer de una tacada el 60% de mis kilómetros semanales y encima mucho más rápido. Si lo piensas fríamente, es una locura. Así pues debía compensar la falta de kilómetros que llevaba con un ritmo más lento, y así intentar llegar lo más lejos posible.

Visto ya el percal, me limité a ajustar aún más mi ritmo, dejé ir a Elías y Pedro y me puse a un ritmo de tres treinta y pico el mil. El primer 10k lo pasé en 35'48", la verdad que muy cómodo, y aún con margen incluso para reducir un poco más la marcha. Como si de un mal presagio se tratara en el km 13 empezó a pincharme el gemelo izquierdo, eran los mismos síntomas que sufrí hacía un mes cuando tuve que pararme en un rodaje largo por una contractura. De repente ya no iba solo, me acompañaban todos los fantasmas de aquella inoportuna lesión que me obligó a parar durante 5 días en una semana que además era clave para mi preparación. Si la cosa iba a más me rompería y no podría seguir. Los pinchazos eran intermitentes y en ocasiones parecía que la carrera se iba a acabar en ese mismo instante. Ese kilómetro reduje la marcha a 3'48, muerto de miedo y rogando por no romperme. La cosa pintaba muy mal, más aún teniendo en cuenta que me quedaban 29 kilómetros por delante y no tenía mucha fe en que el gemelo no acabara por darme el pinchazo definitivo. Así fui prácticamente hasta el km 17, con el corazón en un puño y maldiciendo la posibilidad de no poder acabar. Pero debí ser escuchado por San Filípides y el pinchazo fue remitiendo. En el 18 me puse de nuevo a 3'34/km y empecé a creer que tendría suerte y podría llegar a meta. Pasado el susto superé la media maratón en un tiempo oficial de 1h16'37. Ya llevaba media carrera hecha, iba solo pero seguía muy cómodo a un ritmo de 2h33 la maratón.

Los siguientes kilómetros hasta el 30 se me pasaron rápidos. Cogí un buen ritmo de crucero y pensando en mis cosas me planté en 1h49'52 a falta de los postreros 12 km, los más duros. Mentalmente me encontraba muy fuerte y físicamente iba muy bien con las pulsaciones estables y por debajo de mi umbral anaeróbico. Hasta ese momento el circuito había sido muy plano, el único enemigo quizá había sido el ligero viento que soplaba cuando corríamos junto al mar. Sin embargo, ahora tocaba enfilar una carretera con constantes cambios de rasante, de ida y de vuelta. Mis piernas empezaron a resentirse al llegar al km 35, el sube baja y los miles de impactos musculares que ya llevaba encima empezaron a hacer mella.

Ahora sí, como si ya lo supiera de antemano, me vino a visitar no el hombre del mazo, sino el hombre de los calambres. Cada subida y cada bajada era una tortura china para mí. Un dolor indescriptible se iba apoderando de mis maltrechas piernas en forma de latigazos imprevisibles y cada vez más fuertes. Yo me auto animaba "vamos Ricky, vamos", pero los kilómetros empezaban a salir a más de 4 minutos y cada vez más lentos. El 38 a 4'02, el 39 a 4'17, el 40 a 4'42….. En un momento había pasado de ir a un ritmo fácil  de 2h33, tiempo final, a perder casi un minuto por km. No sólo eso, sino que perdí el tercer puesto de la general.

En el km 41 me quedé totalmente clavado, paralizado, ambos isquios estaban agarrotados y los gemelos totalmente destrozados, no podía moverme. Llevaba a un ciclista de la organización al lado que me miraba perplejo y que intentaba animarme "si pudiera te dejaría la bici"… yo me eché a reír y le dije "no creo que pudiera ni subirme en ella"… la situación parecía cómica, pero a un kilómetro de meta empecé a caminar como un soldado herido de muerte en un campo de batalla que se resiste a ser abatido. Debía ir a menos de 100 pulsaciones, pero lo único que se podía decir en esa situación era "¡no siento las piernas, Charlie!". Ya quedaba muy poco y no podía detenerme.

¡Sí! por fin, ahí está la última recta… empiezo a saltar-correr-caminar, más con la cabeza y el corazón que con las piernas…. y lo consigo, consigo atravesar la meta. ¡¡Finisher!! Quinto de la general, Subcampeón de Catalunya absoluto y Campeón de Catalunya de mi categoría en veteranos. El dolor pasará pero el recuerdo de lo conseguido siempre quedará ahí. Mi tiempo final fue de 2h38, una pena haber cedido tanto tiempo en los últimos kilómetros. Como si de un capricho del destino se tratara, recordé que el número de la habitación de mi hotel era la 238, el próximo año pediré a Juanan la 225 o quizá, si está libre, la 204. O tal vez lo que deba hacer es entrenar un poquito más, porque está claro que la Maratón al final te devuelve lo que tú le das. Gracias Filípedes por tu gesta y la lección que nos distes de intentar superarnos a nosotros mismos.